No soporto el pescado, no lo aguanto, especialmente cuando está dentro de un cubo.
Claro que no debería ser tan exquisito, sobre todo ahora que trabajo de autónomo y no siempre puedo permitirme el lujo de elegir el restaurante.
Supongo que todo esto es un residuo de las malas costumbres adquiridas cuando el inquilino de mi casa traía todo lo necesario para alimentarnos. Tenía su encanto eso de ser casero, la comida no estaba viva pero me desquitaba cuando me tocaban los últimos trozos de su plato y era mejor todavía cuando conseguía los primeros en secreto y con riesgo de mi propia seguridad.
Me voy a arriesgar ahora, creo que puedo alcanzar a la ventana que hay abierta al otro lado de la calle. El olorcillo a carne es tentador aunque sea de un cadáver.