domingo, 7 de septiembre de 2014


Me parece que soy padre.
Estas cosas nunca son seguras (y menos cuando la madre es una tricolor con multitud de pretendientes) pero alguna vez me tenía que tocar a mí.

Lo cierto es que al regresar de mi encierro involuntario y tomar contacto con la pandilla noté la falta de Tricolor porque se suele poner muy pesada conmigo. No me dio tiempo a preguntar. Aún no había conseguido atrapar ningún bocado apetitoso cuando apareció ella con una pequeña pandilla de cachorros... ¡y uno era negro!  Sólo uno, los demás no eran tan bonitos.
Ahora que tengo responsabilidades he considerado la posibilidad de aprovechar el tiempo libre cazando algo para los pequeños pero Tricolor me ha dicho que ya se apaña ella sola y que sabe lo que tiene que hacer. Supongo que habrá dicho lo mismo al otro padre (o padres).
Tonterías, ella sabe que la pandilla siempre comparte la comida que aparece cada día junto a la tapia del colegio.

Ahora sólo falta que sea un chico y tenga los ojos verdes, como yo. Sería estupendo.

domingo, 20 de julio de 2014

Ya estoy de vuelta en el barrio, me parece hasta mentira.
La verdad es que me creía a salvo de todo después de haber superado el ataque de añoranza en el portal de mi antigua casa. Ni siquiera el recuerdo del inquilino pudo convencerme de recuperar mi propiedad, a pesar de ser un alojamiento decorado a mi gusto y con todas las ventajas de una atención personalizada.
No contaba yo con la bípeda insolente que me secuestró aprovechando que estaba absorto en mi tarea de renovar las marcas de olor. Bípeda insolente y hedionda, empapada de perfume ácido hasta provocar náuseas incluso en un sujeto como yo, acostumbrado a los rigores de la vida.

Han sido unos meses de locura.  Sólo una vez conseguí, en un descuido, subir al poyete de la ventana pensando ingenuamente que escapar de allí sería como saltar desde mi primer domicilio. ¡Ja!  Una cosa es saltar y otra arrojarse al vacío.
La comida, abundante pero simple, como la que suelen proporcionar los inquilinos a cualquier casero. El cuenco de agua siempre lleno. El arenero casi siempre limpio y con un delicioso olor a lejía. Abundancia de rascadores por todas partes: alfombras, cortinas, butacas... 
Todo correcto excepto El Otro.
El Otro me dejó bien claro lo que son derechos adquiridos y pasé la mayor parte del tiempo de cautiverio acorralado en alguno de los agujeros que pude ocupar. El muy cretino temía que yo intentara robarle la inquilina, como si el olor que usaba ella no fuera suficiente para espantar a una persona refinada como yo.

Afortunadamente existen unos tipos llamados carteros. No es frecuente pero en ocasiones entregan cosas a los inquilinos a través de la puerta.
No esperé a la segunda oportunidad. No me vieron escabullirme escaleras abajo mientras intercambiaban cosas, ni me vio ningún vecino llegar abajo, ni me vieron esperando en un rincón oscuro y el inquilino que entraba tampoco me vio deslizarme a la calle. Fue tan rápido como cazar una cucaracha coja.

Y aquí estoy, renovando mis marcas y estudiando marcas ajenas para localizar a mis antiguos colegas de pandilla. 
También es verdad que llevo dos días sin probar bocado. En fin...

jueves, 3 de abril de 2014


Menos mal que los días son más largos.  El tiempo soleado me anima bastante, casi se me olvidan las últimas semanas. ¡Vaya racha!
La primera parte consistió en unos días hecho polvo, malito-malito, sin poder cazar ni una cucaracha para saciar el poco apetito que tenía. Yo creo que perdí peso, por lo menos quinientos o seiscientos gramos.

 La segunda parte fue peor, tuve un ataque de nostalgia que me duró mucho tiempo, tanto que estuve a punto de hacerle una visita a mi ex-inquilino.
¿He dicho "a punto"? La triste verdad es que llegué hasta mi antiguo barrio y pasé toda una noche tendido en el escalón del portal esperando que alguien abriera la puerta -hay que ser imbécil para hacer una cosa tan tonta cuanto todos sabemos el horario tan raro que usan los inquilinos para dormir- cosa que me afectó provocando una recaída en las toses y los mocos.

Pues sí, durante unos días sentí un deseo irrefrenable de volver a dormir en una cama grande, recostarme encima del radiador, trepar por las cortinas de la sala, revolver el cubo de la basura, esconderme en el armario ropero, atacar por sorpresa los pies de mi inquilino cuando iba descalzo, beber siempre agua limpia y comer... comer... ¿comer? ¡sí, comer pienso! Vale, no es carne fresca pero aparece dos veces al día y además, con suerte, se le puede añadir un pájaro vivo llegado por la ventana.

Como ya dije, menos mal que el tiempo soleado me anima bastante. No dejo de pensar que he estado a punto de cometer una locura.

domingo, 2 de febrero de 2014


¡Badre bía, gue gatarro tengo! ¡ Snif! Dos días gonfinado en este sódano.
Di siguiera buedo a...a...¡atchis! ...  subir la esgalera hasta el bortal donde suelen boner las bandejitas con ... ¡snif!... cobida seca.

Bi  gombadre, el datón gontaminado del laboradorio, ha venido a... a... ¡atchís!...a  visidarme y desearme una bronta bejoría. Es basdande hibógrita el jodío.
Los buchachos de la bandilla también han venido y uda buchacha... ¡snif!... ha denido la gentileza de a... a... ¡atchís!... acigalarme un boco, gosa gue le agradezco borque do me abetece lavarme el belo, se be congela la lengua gon el frío gue hace.

Greo gue será bejor do moverme bara gue do se enfríe el felbudo gue dengo deba...a... ¡atchís!... debajo  y seguir durbiendo hasta bañana.
¡Baldito invierno!

 

 

 

sábado, 11 de enero de 2014


Por fin se han ido todos.
Durante unos días, mi territorio se ha visto invadido por un ejército de forasteros ruidosos, constituido en su mayor parte por cachorritos, cachorros y cachorrazos.

Los cachorrazos son los peores porque producen explosiones a todas horas. No soy sólo yo, todos mis colegas del barrio hemos quedado sensibilizados y,  al observar una agrupación  de dos o más cachorrazos, escapamos a toda leche para evitar el dolor de oídos.

No es la primera vez que ocurre esto y siempre es a principios del invierno. Hay cierta euforia en el ambiente, tanto cachorros como adultos, cierta locura colectiva. Se mueven mucho de un sitio a otro y van siempre cargados de bolsas.

No puedo decir que sea una epidemia pero encuentro algo enfermizo en esta época del año.
Menos mal que se han ido todos, por fin.