sábado, 31 de octubre de 2015

Pues no, no hay cachorros de dos patas pero...

Allí estaba yo, en una habitación extraña, completamente a oscuras, dentro de una jaula (menos mal que olvidaron cerrar la portezuela) y con más miedo que cuando caí de la ventana y no supe volver con el inquilino que vivía conmigo.

Fuera de la jaula encontré un cuenco con agua pero no tenía sed, sólo miedo, como cualquier persona después de una experiencia traumática inexplicable. También había... ¡cáspita!... arena limpia y seca. Eso sí que me hacía falta.
Y además estaba el olor, un tenue olor a chica desconocida.

Después de personalizar el arenero asomé la nariz... nadie a la vista... arrastré la barriga a lo largo del pasillo... nadie... pasé por delante de otra habitación... nad... ¡¡aaarrrgggg!!

Volví al abrigo de la jaula para protegerme del bípedo y entonces me di cuenta del error, era el bípedo que me había metido en la jaula cuando me sacaron de la jaula grande. ¿Me cerraría la puerta para siempre?


No tengo remedio, siempre espero lo peor. El bípedo se acercó, me rascó un poco detrás de las orejas, me limpió el pelo con la mano (los bípedos no saben usar la lengua) y salió dejando todas las puertas abiertas.  Mientras me limpiaba pronunció varias veces la palabra "bartolo", otro día estudiaré lo que significa porque ahora tengo cierto interés por ese olor a chica.

martes, 22 de septiembre de 2015

Ha sido una pesadilla desde el principio hasta el final.

Empezó cuando se me quedó una pata atrapada en unos alambres; conseguí salir pero con una herida bastante fea que dolía mucho. Me sentía muy mal.
Entonces se acercó gente, dos o tres cachorros bípedos, y me llevaron a un sitio espantoso donde empezaron a tocarme la herida, como si no tuviera bastante dolor con el que tenía, después me colocaron en la cabeza un artilugio que me impedía limpiar la pupa como es debido y, para rematar la tortura, me dejaron encerrado en un cubículo tan pequeño como el fregadero de mi antiguo inquilino.

La verdad es que la herida se curó bastante bien teniendo en cuenta la chapuza que hicieron conmigo. Pero esto no fue todo. De esa celda me llevaron a otra igual, transportado en una jaula diminuta. ¡¡Joder, qué mal rato!! Y luego vino lo peor, días y días prisionero, otra operación que prefiero no recordar, otra vez pasar de mano en mano, otro viaje en jaula diminuta para descubrir al final que vuelvo a ser casero.

En la casa no hay un inquilino sino dos, macho y hembra, que me dejaron en un cuarto con todas las puertas abiertas. He salido de la jaula para beber agua pero no tengo mucho apetito.

Creo que esperaré un poco antes de salir a explorar el territorio, no hay ruido de cachorros pero nunca se sabe.