Finalmente encontré un restaurante de mi gusto pero queda en el extremo norte de mi territorio, allí donde se solapa con el territorio de un vagabundo puro.
Lo malo de los vagabundos con pedigrí es que no tienen ni pizca de tolerancia con los caseros venidos a menos, han recibido una rígida educación desde la infancia y son tan conscientes de sus derechos que unas gotitas de pis pueden enfurecerlos de manera un tanto desmedida. Resumiendo, son chulos y bordes.
Pues eso, siempre tenemos problemas cuando nos encontramos en la franja de fricción , así que procuro evitarlo. Pero es que el sitio está genial, hay un patio grande y fresquito, con un chorro de agua limpia y una especie de cuenco donde se almacena y se puede beber. Además hay otra camarera casi tan generosa como la de mi barrio.
Naturalmente también mi colega conoce el restaurante y acude con frecuencia, por lo que ganar el sustento se ha convertido en ganar una guerra.
¿Preocuparme? Todo lo contrario, la vida se ha vuelto mucho más divertida. Estoy haciendo progresos, tengo marcada con pipí toda la franja de conflicto incluyendo además unas gotas en cierta esquina que queda dentro de su zona.
Y apenas me duele el arañazo de la nariz.