¡Maldición, maldición y maldición!
Cuatro días, CUATRO, sin comer caliente. Las ratas han emigrado escapando del frío, por no mencionar a los ratones que se las arreglan para confundirse con el entorno. Incluso el miserable ex-ratón de laboratorio que vive en mi sótano ha dejado de aparecer a darme la vara con el rollo de las terribles secuelas que le dejó la contaminación radiactiva (el colega que vive en la portería dice que el ratón se está quedando conmigo y que es perfectamente comestible pero a ver quién es el valiente que lo comprueba).
Los herederos de la ancianita del parque suelen llevar bandejas con cosas... digestibles. Las bolitas duras no están mal, no llegan a producto comestible pero alimentan. Cuando me traen sus propios restos de comida vegetal me dan ganas de mearles los zapatos como hace el colega perro que se ha pegado a la pandilla. Pero lo peor llega cuando traen esa masa oscura y pringosa que adquiere la temperatura ambiente en cuanto la sacan de la lata.
¿Cómo se atreven a torturar nuestro paladar con semejante bazofia helada?
No resisto más. Visitaré a mi amiga la camarera del restaurante aunque tenga que pelearme con el amo del territorio, un cruce de siamés que no conoce la palabra "tolerancia".


