miércoles, 27 de noviembre de 2013


¡Maldición, maldición y maldición!
Cuatro días, CUATRO, sin comer caliente.
Las  ratas han emigrado escapando del frío, por no mencionar a los ratones que se las arreglan para confundirse con el entorno. Incluso el miserable ex-ratón de laboratorio que vive en mi sótano ha dejado de aparecer a darme la vara con el rollo de las terribles secuelas que le dejó la contaminación radiactiva (el colega que vive en la portería dice que el ratón se está quedando conmigo y que es perfectamente comestible pero a ver quién es el valiente que lo comprueba).

Los herederos de la ancianita del parque suelen llevar bandejas con cosas...  digestibles. Las bolitas duras no están mal, no llegan a producto comestible pero alimentan. Cuando me traen sus propios restos de comida vegetal me dan ganas de mearles los zapatos como hace el colega perro que se ha pegado a la pandilla. Pero lo peor llega cuando traen esa masa oscura y pringosa que adquiere la temperatura ambiente en cuanto la sacan de la lata.

¿Cómo se atreven a torturar nuestro paladar con semejante bazofia helada?
No resisto más. Visitaré a mi amiga la camarera del restaurante aunque tenga que pelearme con el amo del territorio, un cruce de siamés que no conoce la palabra "tolerancia".

 

miércoles, 23 de octubre de 2013


Por suerte, pocas veces siento nostalgia de mi  pasado como casero alfa pero en esas ocasiones me comporto como un auténtico capullo permitiendo que algún inquilino desconocido se acerque y me toque. Incluso ronroneo para hacerle saber que cuenta con mi permiso. En fin...

Esta mañana he tenido uno de esos momentos de flaqueza cuando una hembra bípeda de aspecto inofensivo ha dedicado unos segundos a lamerme el lomo, primero con una mano y luego con la otra.  Lamentablemente apestaba a perfume y he tenido que pasar buena parte de la mañana lavándome el pelo a conciencia para eliminar el hedor.

Pensándolo bien, llevo bastante tiempo sin vomitar pelos. Esta noche daré una vuelta por el parque y me pegaré un hartón de hierba.

Hay que darse una alegría de vez en cuando.

miércoles, 11 de septiembre de 2013


Siempre pasa lo mismo. Alguien generoso deja un poco de comida para la gente del barrio y el primer día comemos bien pero luego se corre la voz, empiezan a llegar gorrones y al final tocamos a dos bolas de pienso por cabeza.  Esa es la tradición.
A veces en verano cambian las cosas y tenemos que adaptarnos a las novedades, en este caso un nuevo tipo de gorrón que se presentó hace unos días y nos dejó con la boca abierta. Flaco, lleno de pulgas, alguna herida de guerra, todo lo normal entre los caseros fugados excepto por el pequeño detalle de las babas, o sea, que era un chucho.

Estos tipos no se lavan nunca y huelen a rayos, tienen la repugnante costumbre de olfatear el culo a los transeúntes, son lameculos con los inquilinos y bastante bordes si dejas que se acerquen. Pero no esta vez. El pobre estaba tan desesperado que se comió todas nuestras bolas y se bebió toda el agua del cuenco. Además estaba deprimido.

Después de dormir un rato cerca de la pandilla desapareció sin decir nada pero se nota que recuerda el sitio donde le tratan bien, ha vuelto un par de veces a merendar y está menos triste que la primera vez.  Es un buen tipo.

Bien pensado, en el fondo no son tan diferentes. Y algunos parecen listos.

martes, 13 de agosto de 2013

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No vuelve.
La ancianita generosa que deja bandejas de  pienso junto a la verja del parque no ha vuelto desde que empezó el calor, demasiado tiempo.
Al principio solía pasarme un ratito cerca de la verja, todos los días a la misma hora, pero siempre encontraba la misma bandeja vacía y a varios colegas tan optimistas como yo.
Los menús de la camarera simpática me alegraron durante un tiempo, incluso el nuevo restaurante me resulta útil a pesar del rival, pero echo de menos la bandeja de pienso compartida con los cinco o seis amigos que venían a robarme.
En fin, no hay que perder la esperanza.
Esta mañana han traído una bandeja igual que las de antes, con igual pienso, sólo que no la traía la ancianita conocida sino un tipo bajito y de cabeza grande. Mis socios opinan que es una variante híbrida de casero pero a mí me parece un cachorro, por la osadía.
El angelito pretendía quedarse junto a la comida y acariciarnos como hace la abuela pero tendrá que venir muchas veces antes de tener derecho a tocarnos.

domingo, 7 de julio de 2013

...

Finalmente encontré un restaurante de mi gusto pero queda en el extremo norte de mi territorio, allí donde se solapa con el territorio de un vagabundo puro.
Lo malo de los vagabundos con pedigrí es que no tienen ni pizca de tolerancia con los caseros venidos a menos, han recibido una rígida educación desde la infancia y son tan conscientes de sus derechos que unas gotitas de pis pueden enfurecerlos de manera un tanto desmedida.  Resumiendo, son chulos y bordes.
Pues eso, siempre tenemos problemas cuando nos encontramos en la franja de fricción , así que procuro evitarlo. Pero  es que el sitio está genial, hay un patio grande y fresquito, con un chorro de agua limpia y una especie de cuenco donde se almacena y se puede beber.  Además hay otra camarera casi tan generosa como la de mi barrio.
Naturalmente también mi colega conoce el restaurante y  acude con frecuencia, por lo que ganar el sustento se ha convertido en ganar una guerra.
¿Preocuparme? Todo lo contrario, la vida se ha vuelto mucho más divertida. Estoy haciendo progresos, tengo marcada con pipí toda la franja  de conflicto incluyendo además  unas gotas en cierta esquina que queda dentro de su zona.
Y apenas me duele el arañazo de la nariz.

domingo, 12 de mayo de 2013

Algo raro está pasando, las cosas no están como deberían estar.

Ayer hice el recorrido habitual para casos de emergencia: crucé la calle, caminé a lo largo de dos manzanas, entré por el agujero que siempre está abierto, me subí de un salto al ventanuco y salí al patio del restaurante.
Y en ese momento las cosas empezaron a salir mal.
Estaba poniendo mis ojazos de engatusar cuando, en lugar de la camarera que me adora, salió una con un asqueroso olor a limón y sin nada comestible en las manos. Me miró, meditó durante un segundo y entró en la cocina para regresar con un cuenco de leche… ¡¡ LECHE !!
¿Qué pasa, no sabe reconocer a una persona adulta?

La verdad es que estaba muerto de hambre.
Tomé un poco de la bazofia fría  para no desfallecer en el camino de vuelta pero me molesta que me hagan perder el tiempo con paridas.
Mañana tendré que hacer una expedición por el barrio, a ver si encuentro un restaurante con camareros profesionales.

domingo, 28 de abril de 2013

¡No me lo puedo creer!
Es indignante, humillante, deprimente, es una afrenta y una puñalada trapera en el mismo centro de mi honor.
Lo ví esta mañana, cerca de mi antiguo barrio y cerca de la maldita clínica donde… prefiero no acordarme de aquellos pinchazos.
En fin, casi me topé de frente con mi antiguo inquilino, el que me mimaba, el que limpiaba mi arenero, el que dormía en mi cama… el sinvergüenza, el ingrato, el despiadado que transportaba con todo cariño ¡¡otro casero!!
Pues sí, el muy desgraciado me ha sustituido por una gatita siamesa de color crema y ojazos azules.
Ella no lo sabe, pobre casera, pero la odio por haberme robado el  inquilino.

lunes, 25 de marzo de 2013

Es cierto que el frío no me gusta pero se acerca la época de las prisas y tampoco me gusta.
Suelo salir de caza en cuanto oscurece y hacer la ronda habitual por los lugares donde me resulta fácil abastecerme para tener mis necesidades cubiertas cuando llega el día.
Pues bien, ya empiezo a no tener tiempo.
No sé qué demonios pasa con el calor, tal vez me vuelvo más lento, tal vez la comida se vuelve más inteligente, tal vez estoy más cansado… ni idea, esto me sobrepasa y lo único que sé es que no me da tiempo a pillar suficiente caza.
Uno de los intelectuales de la pandilla dice que ahora la luz está menos tiempo apagada y hay que apresurarse para llenar la panza pero yo sospecho que es un problema de camuflaje, por alguna razón nos volvemos más visibles para los ratones y ellos sí, ellos tienen tiempo para esconderse.

jueves, 14 de febrero de 2013

Estoy hecho polvo.  
No movería un pelo del bigote si no fuera por la ancianita generosa que deja bandejas de  pienso junto a la verja del parque. No estoy seguro pero creo que hoy le toca porque ayer no apareció y es bastante regular: día sí, día no.
¡Qué genial  la juerga de anoche!  Las chicas estaban desatadas y maullaban como locas, tanto que uno de esos envidiosos intolerantes nos echó un cubo de agua por la ventana. Hubo un momentáneo desconcierto pero a los cinco minutos ya estaba la pandilla reunida de nuevo. También tuvimos las clásicas peleas por la chica más sexy, en el fondo una pérdida de tiempo porque en estas fechas todas están la mar de guapas y huelen muy bien.
Prrrrrrr...  Primero  iré a ver si ha llegado el pienso… y luego pienso… pienso  hacer el vago hasta que se me curen los dos o tres arañazos y vuelva a tener el pelaje como a mí me gusta: impecable.

jueves, 10 de enero de 2013

Hay días perfectos incluso cuando hace frío.
Llevamos  una semana  con mañanas de niebla. No ver las cosas a un metro de distancia es aburrido pero tiene sus compensaciones: a mí tampoco me ven.

La caza ha sido buena, así que he pasado el resto de la mañana haciendo la siesta  en el sótano de la tienda  de alfombras, aprovechando que todavía no me han descubierto.
Por la tarde me he reunido con la pandilla para ver el desfile de invierno.
Sí, sí, va en serio.  Resulta que muchos perros cambian de color en invierno … 

Que no, que es una broma, es que les ponen piel postiza.
Bueno, el caso es que los chicos y yo nos sentamos encima de un murete para ver pasar el desfile y hacemos apuestas para ver quien reconoce antes al chucho que llega. A veces les decimos cosas para cabrearlos pero en el fondo nos da pena de verlos.
A ellos también les da pena y es mejor no preguntarles cómo se sienten porque reaccionan con violencia. No tienen sentido del humor.