De todos los caseros que me tropiezo por la calle, los perros son los más incoherentes.
Ya es absurda esa costumbre de estudiar cada farola que encuentran, todavía es más disparatada la manía persecutoria que les domina cuando me ven (a mí o a mis amiguetes) y más aún esa moda detestable de olfatear el culo de los extraños.
Pero el colmo del desatino consiste en esa tradición de salir a pasear llevando enganchada al cuello una correa con el inquilino atado al otro extremo. Tiene que ser molestísimo ir tirando de una persona que sólo tiene dos patas y se mantiene en precario equilibrio.
Cualquiera diría que estos tipos sufren por su suerte pero no, todo lo contrario, caminan contentos por la vida con veinte centímetros de lengua colgando vertical y esperando el menor descuido del inquilino para llenarle de babas la cara, en un inconcebible despilfarro de afecto.
Muy pronto habría yo llevado de paseo a mi inquilino… ¡¡ JA !!