Me siento solo.
Es cierto que las calles están más tranquilas, que hay menos chuchos por los alrededores y menos coches pero la verdad es que me aburro. Nadie me persigue, nadie viene a dejar marcas de pis en mi territorio y nadie deja bandejitas con pienso en los sitios habituales.
Es de locura, hasta las ratas están de vacaciones.
Ayer me dio por recordar aquellos tiempos en que fui casero y disponía de un inquilino para mi uso personal, alguien que me cepillaba, me cortaba las uñas, mantenía limpio el arenero y compartía conmigo su comida (a veces voluntariamente). Se me saltaron las lágrimas.
Entre el calor que hace, el vacío social y el hambre que tengo, soy la persona más desdichada del barrio. Estoy deseando que empiece el curso.