miércoles, 14 de noviembre de 2012


¡Maldita sea mi estampa!
Tres días, tres, llevo sin probar bocado. Ha desaparecido del paisaje la señora simpática que deja bolitas comestibles en un comedero, no encuentro ni siquiera  una insípida cucaracha para dar trabajo a mis jugos gástricos, hasta el miserable ratón de laboratorio parece haber encontrado un rincón oscuro para hibernar y no viene a contarme sus enfermedades degenerativas.
He pensado hacer una visita por los alrededores de la pescadería pero me ha dicho un colega que está cerrada por no se qué asunto de un puente, el pobre imbécil confunde la arquitectura con la alimentación.
Una de mis chicas favoritas me ha ofrecido parte de una salchicha encontrada en la basura pero me ha salido la vena diplomática y le he dicho que no podía aceptar un regalo tan valioso  (si seré capullo).
En fin, resignación. 
Me toca cruzar la calle, caminar dos manzanas, entrar por un agujero, bajar a un sótano, saltar a un ventanuco (si está abierto), salir al patio del restaurante y poner ojazos tiernos  cuando salga la camarera que está loca por mí.
Es una suerte ser tan guapo.