domingo, 12 de mayo de 2013

Algo raro está pasando, las cosas no están como deberían estar.

Ayer hice el recorrido habitual para casos de emergencia: crucé la calle, caminé a lo largo de dos manzanas, entré por el agujero que siempre está abierto, me subí de un salto al ventanuco y salí al patio del restaurante.
Y en ese momento las cosas empezaron a salir mal.
Estaba poniendo mis ojazos de engatusar cuando, en lugar de la camarera que me adora, salió una con un asqueroso olor a limón y sin nada comestible en las manos. Me miró, meditó durante un segundo y entró en la cocina para regresar con un cuenco de leche… ¡¡ LECHE !!
¿Qué pasa, no sabe reconocer a una persona adulta?

La verdad es que estaba muerto de hambre.
Tomé un poco de la bazofia fría  para no desfallecer en el camino de vuelta pero me molesta que me hagan perder el tiempo con paridas.
Mañana tendré que hacer una expedición por el barrio, a ver si encuentro un restaurante con camareros profesionales.