sábado, 11 de enero de 2014


Por fin se han ido todos.
Durante unos días, mi territorio se ha visto invadido por un ejército de forasteros ruidosos, constituido en su mayor parte por cachorritos, cachorros y cachorrazos.

Los cachorrazos son los peores porque producen explosiones a todas horas. No soy sólo yo, todos mis colegas del barrio hemos quedado sensibilizados y,  al observar una agrupación  de dos o más cachorrazos, escapamos a toda leche para evitar el dolor de oídos.

No es la primera vez que ocurre esto y siempre es a principios del invierno. Hay cierta euforia en el ambiente, tanto cachorros como adultos, cierta locura colectiva. Se mueven mucho de un sitio a otro y van siempre cargados de bolsas.

No puedo decir que sea una epidemia pero encuentro algo enfermizo en esta época del año.
Menos mal que se han ido todos, por fin.