¡Maldita sea mi estampa!
Tres días, tres, llevo sin probar bocado. Ha
desaparecido del paisaje la señora simpática que deja bolitas comestibles en un
comedero, no encuentro ni siquiera una
insípida cucaracha para dar trabajo a mis jugos gástricos, hasta el miserable
ratón de laboratorio parece haber encontrado un rincón oscuro para hibernar y
no viene a contarme sus enfermedades degenerativas.
He pensado hacer una visita por los alrededores de
la pescadería pero me ha dicho un colega que está cerrada por no se qué asunto
de un puente, el pobre imbécil confunde la arquitectura con la alimentación.
Una de mis chicas favoritas me ha ofrecido parte
de una salchicha encontrada en la basura pero me ha salido la vena diplomática
y le he dicho que no podía aceptar un regalo tan valioso (si seré capullo).
En fin, resignación.
Me toca cruzar la calle,
caminar dos manzanas, entrar por un agujero, bajar a un sótano, saltar a un
ventanuco (si está abierto), salir al patio del restaurante y poner ojazos
tiernos cuando salga la camarera que
está loca por mí.
Es una suerte ser tan guapo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario