Siempre pasa lo mismo. Alguien generoso deja un poco de comida para la
gente del barrio y el primer día comemos bien pero luego se corre la voz,
empiezan a llegar gorrones y al final tocamos a dos bolas de pienso por cabeza. Esa es la tradición.
A veces en verano cambian las cosas y tenemos que
adaptarnos a las novedades, en este caso un nuevo tipo de gorrón que se
presentó hace unos días y nos dejó con la boca abierta. Flaco, lleno de pulgas,
alguna herida de guerra, todo lo normal entre los caseros fugados excepto por
el pequeño detalle de las babas, o sea, que era un chucho.Estos tipos no se lavan nunca y huelen a rayos, tienen la repugnante costumbre de olfatear el culo a los transeúntes, son lameculos con los inquilinos y bastante bordes si dejas que se acerquen. Pero no esta vez. El pobre estaba tan desesperado que se comió todas nuestras bolas y se bebió toda el agua del cuenco. Además estaba deprimido.
Después de dormir un rato cerca de la pandilla desapareció sin decir nada pero se nota que recuerda el sitio donde le tratan bien, ha vuelto un par de veces a merendar y está menos triste que la primera vez. Es un buen tipo.
Bien pensado, en el fondo no son tan diferentes. Y algunos parecen listos.
¡Pobre! Da penita...
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