Pues no, no hay cachorros de dos patas pero...
Allí estaba yo, en una habitación extraña, completamente a oscuras, dentro de una jaula (menos mal que olvidaron cerrar la portezuela) y con más miedo que cuando caí de la ventana y no supe volver con el inquilino que vivía conmigo.
Fuera de la jaula encontré un cuenco con agua pero no tenía sed, sólo miedo, como cualquier persona después de una experiencia traumática inexplicable. También había... ¡cáspita!... arena limpia y seca. Eso sí que me hacía falta.
Y además estaba el olor, un tenue olor a chica desconocida.
Después de personalizar el arenero asomé la nariz... nadie a la vista... arrastré la barriga a lo largo del pasillo... nadie... pasé por delante de otra habitación... nad... ¡¡aaarrrgggg!!
Volví al abrigo de la jaula para protegerme del bípedo y entonces me di cuenta del error, era el bípedo que me había metido en la jaula cuando me sacaron de la jaula grande. ¿Me cerraría la puerta para siempre?
No tengo remedio, siempre espero lo peor. El bípedo se
acercó, me rascó un poco detrás de las orejas, me limpió el pelo con la mano
(los bípedos no saben usar la lengua) y salió dejando todas las puertas
abiertas. Mientras me limpiaba pronunció
varias veces la palabra "bartolo", otro día estudiaré lo que significa
porque ahora tengo cierto interés por ese olor a chica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario