Ya estoy de vuelta en el barrio, me parece hasta
mentira.
La verdad es que me creía a salvo de todo después
de haber superado el ataque de añoranza en el portal de mi antigua casa. Ni
siquiera el recuerdo del inquilino pudo convencerme de recuperar mi propiedad,
a pesar de ser un alojamiento decorado a mi gusto y con todas las ventajas de
una atención personalizada.
No contaba yo con la bípeda insolente que me
secuestró aprovechando que estaba absorto en mi tarea de renovar las marcas de
olor. Bípeda insolente y hedionda, empapada de perfume ácido hasta provocar náuseas
incluso en un sujeto como yo, acostumbrado a los rigores de la vida.
Han sido unos meses de locura. Sólo una vez conseguí, en un descuido, subir
al poyete de la ventana pensando ingenuamente que escapar de allí sería como
saltar desde mi primer domicilio. ¡Ja! Una
cosa es saltar y otra arrojarse al vacío.
La comida, abundante pero simple, como la que
suelen proporcionar los inquilinos a cualquier casero. El cuenco de agua
siempre lleno. El arenero casi siempre limpio y con un delicioso olor a lejía.
Abundancia de rascadores por todas partes: alfombras, cortinas, butacas...
Todo
correcto excepto El Otro.
El Otro me dejó bien claro lo que son derechos
adquiridos y pasé la mayor parte del tiempo de cautiverio acorralado en alguno
de los agujeros que pude ocupar. El muy cretino temía que yo intentara robarle
la inquilina, como si el olor que usaba ella no fuera suficiente para espantar
a una persona refinada como yo.
Afortunadamente existen unos tipos llamados
carteros. No es frecuente pero en ocasiones entregan cosas a los inquilinos a
través de la puerta.
No esperé a la segunda oportunidad. No me vieron
escabullirme escaleras abajo mientras intercambiaban cosas, ni me vio ningún
vecino llegar abajo, ni me vieron esperando en un rincón oscuro y el inquilino
que entraba tampoco me vio deslizarme a la calle. Fue tan rápido como cazar una
cucaracha coja.
Y aquí estoy, renovando mis marcas y estudiando
marcas ajenas para localizar a mis antiguos colegas de pandilla.
También es verdad que llevo dos días sin probar
bocado. En fin...
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