La vida tiene sorpresas inesperadas.
Ayer, a poca distancia de mi rincón soleado favorito, encontré una caja con algo comestible de origen desconocido. No estaba mal del todo.
Tomé nota de la luz ambiental, la afluencia de público, el tráfico rodado y todos los parámetros que me fue posible memorizar. En cuanto se den hoy las mismas circunstancias me dejaré caer por esa zona, a ver si tengo suerte y aparece otra ración de lo que sea.
¡Cielos!, me repugna caer en viejos vicios pero llevo una semana muy jodida. Ni una lagartija que echarme al hocico, ni un cubo destapado, nada.
En momentos de crisis cinegética es mejor dejarse domesticar en plan oportunista que notar el terrible y amenazador rugido de mis tripas. Decidido, primero comeré y luego me sentiré culpable durante un ratito.
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