Es indignante.
Te tumbas en un escalón para aprovechar un rayito de sol y aparece el vecino con su perro.
Te echas en el cesped del parque para relajarte un poco y llega el ciudadano con su perro.
Te cobijas debajo de un coche para protegerte de la lluvia y llega el chucho canijo unido a su dueño por cinco metros de cuerda, ladrando como si fuera alguien. Hale, busca otro coche.
Te sitúas cerca de una verja para entretenerte un rato mirando a la gente y ya está el can lameculos sacando la gaita por la reja para que respetes el territorio de su amo.
Vas a cruzar una calle y tienes que mirar a cien lados para asegurarte de que no hay perro suelto o atado largo y sin bozal.
Es indignante el abuso y la opresión que ciertas especies ejercen sobre otras simplemente porque son más grandes y hacen más ruido, obviando la prueba manifiesta de nuestra inteligencia superior: NOSOTROS SOMOS INSUMISOS.
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